Hace mucho tiempo, la tribu de los sanavirones vivió a orillas del Río Suquía. Las aguas cristalinasy sonoras del río le daban de beber a este puebloque había construido sus casas –pozos sobre las barrancas del río.
Una tarde, justo a la hora en que comenzaba a caer el sol, el hijo del Cacique, Quehuén jugaba entre los pastizales cuando vio a un pequeño animalito apenas oculto en la maleza: era un zorro colorado. El niño se acercó cautelosamente para no asustarlo. Advirtió que estaba lastimado y tomándolo entre sus brazos lo llevó al chamán, el viejo médico brujo de la tribu. El chamán tenía la tarea de curar a quienes enfermaban en la aldea.
¿Por qué no curaría al pequeño zorro? Pensó Quehuén. Y efectivamente, el médico brujo cumplió su tarea
Pasado el susto el zorrito no sólo se curó, sino que pasó a ser Tycho y fue bautizado por el propio Quehuén . Los dos nuevos amigos pasaban días y tardes juntos, la amistad crecía y cada vez más se parecían entre ellos. Compartían juegos, pero también las tareas de Quehuén en la tribu. Eran astutos y sagaces, solidarios y comprometidos, felices y traviesos… bueno, ¡traviesos sólo de vez en cuando!
Una de esas tardes, Quehuén debía traer el agua para la tribu y fueron al río a buscarla. Ahí mismo tuvo lugar una situación que habría de cambiar para siempre la suerte de los dos amigos.
Quehuén y Tycho llegaron a la aldea, mojados, cansados y juntos. Allí contaron lo ocurrido ante la mirada del propio Cacique. El que contó la historia fue Quehuén mientras Tycho lo miraba con sus grandes ojos de claro de luna, feliz y orgulloso.
El noble cacique supo que Tycho no sólo era parte de la tribu, sino que además era una parte fundamental en la cadena de la vida y de la amistad. Así fue que lo nombró "Guardián de estas Tierras". En adelante sería el guardián del río, los bosques y de todos los animales que habitaran en la comarca. Y enseñaría a todos a vivir a su modo: con solidaridad y compromiso hacia su tierra y los suyos.
Tycho aceptó gustoso su misión. Desde ese momento en adelante cuidaría la transparencia del agua del río, que se respetase a los árboles por sus frutos nobles y generosos, que hombres y animales pudiesen vivir en paz y armonía del mismo modo que había crecido la sólida amistad entre él y Quehuén.
Desde entonces y hasta nuestros días, Tycho ha cuidado las tierras donde morara aquel cacique y su tribu...
Hoy son las tierras de Quehuén y Tycho las que albergan a nuestro colegio, el San Pedro Apóstol. Y hay quienes dicen que Tycho, sigiloso y audaz, se pasea cumpliendo fielmente la misión que le diera aquel cacique.